En primer lugar tengo que decir que nacer es siempre llegar a un país extranjero. Uno no elige donde quiere nacer, con lo cual todos somos emigrantes en ese sentido pues hemos pasado por el mismo trance de hallarnos en lo desconocido. Nuestra especie apareció en algún lugar de África y desde allí emigró a otros lugares lejanos del planeta. La antropología nos dice que el hombre es una variedad de chimpancé que logró hacerse mucho más inteligente de lo que un mono suele ser gracias a que aprendió a cambiar de aires y conocer mundo. En realidad, todos somos emigrantes o hijos de emigrantes, o nietos o tataranietos de emigrantes.
Sin duda alguna, la llegada masiva de inmigrantes puede causar trastornos en los países de acogida, pero no hay que olvidar que los inmigrantes huyen impulsados por la miseria que hay en sus países más que por la prosperidad que observan en los países de acogida. Naturalmente que si mejorasen las condiciones de vida en su país de origen habría muchos que preferirían quedarse en su tierra. Por tanto, ayudar al desarrollo de los países de fuerte emigración es un política sensata para regular esos flujos: no parece prudente ni decente proclamar nuestra solidaridad con los desfavorecidos y a la vez fomentar una política proteccionista que prive de mercados a las materias primas que son el único recurso en bastantes de esas latitudes.
Además, los inmigrantes vienen en busca no sólo de trabajo sino de la posibilidad de acceder a la ciudadanía, a pertenecer a un estado de derecho donde todos los ciudadanos son iguales ante la ley y con los mismos derechos y deberes.
Hay que decir también que el hecho de tratar a los inmigrantes con hospitalidad no impide preocuparse por su regulación: es preciso evitar un descontrol falsamente generoso que sólo favorece a los traficantes, a quienes buscan mano de obra a precio esclavista y a los xenófobos ultranacionalistas.
Sin duda es un prejuicio el de quienes asimilan inmigrante a delincuente, aunque también es verdad que otros son delincuentes extranjeros que vienen a robar y hacer sus fechorías.
Creo que a los inmigrantes hay que exigirles ciertos requisitos para su integración en nuestro país. En primer lugar, no que renuncien a todos los aspectos relevantes de su cultura de origen (de la que huyen), sino sólo a aquellos que contradicen los principios constitucionales y los derechos humanos fundamentales vigentes en el país de acogida. Es decir, tienen derecho a exteriorizar y compartir su folclore, su gastronomía y sus costumbres en la medida en que sean compatibles con el ordenamiento de nuestro Estado de Derecho. ''Todas las comunidades son bienvenidas en el seno de la democracia, pero sólo a condición de que no engendren desigualdades e intolerancia'' según ha expresado Tzvetan Todorov.
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